08 LABORATORIO
- Naiara Verdun
- 22 ago 2024
- 1 Min. de lectura
Llego con una emoción muy fiel a mi niña interna. Menos cuarto, para poder cambiarme y entrar tranquila. Sin expectativas, simple y curiosa. Me inspira ese momento cuando el cuerpo entra en calor. Un fuego recorre cada partecita y mi chispa se enciende, ardo. Arranca otro viaje. La mollera activa hacia un lateral elegido al azar, no pienso, me caigo, uso mi mano para caer con el suficiente tono para acariciar el piso y salir hacia la dimensión bípeda para estar en terreno conocido, sí. Mi mirada se cruza con la de mi compañero que no conozco, pero es mi cómplice. Soy absurda, bizarra, intensa, me siento genuina. No necesitamos palabras, ni decir quién soy, ni decir nuestro color favorito. Nos movemos como locos y nadie busca ningún tipo de cordura. Me río, me libero, giro y salto sin buscar figuras de destreza. No sé qué hago, tampoco me importa, improviso, en ese terreno no me enjuicio ni tampoco juzgo, no tengo tiempo, no quiero. Somos observadores y observados. Nos aunamos en códigos que se generan en ese instante. Una clave que nadie busca descifrar. El juego de miradas, de movimientos, de la hipótesis de esos movimientos, lo que creemos, lo que sentimos, lo que hacemos y lo que se transforma con el otro. Repito un movimiento que me da placer, vuelvo a hacer algo que veo en mis compañeros, me mimetizo, me mezclo. Aparece una danza extraña, heterogénea, quizás insensata ¿A quién le importa? Un paso. Un inicio. Una señal. Una pregunta. Una mirada. Una acción. Una danza contagiosa.
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