02 CAMINOS
- Naiara Verdun
- 22 ago 2024
- 1 Min. de lectura
Un instante de vida que suele terminarse como una taza de té, que te calienta la panza en los inviernos y no te apetece tanto en verano pero seguís con el hábito para sostener al menos algo en el tiempo. Mirar la lluvia que cae con insistencia sobre la ventana y dibujar círculos simétricos en los que cada gota tiene un lugar para reposar. El mar es como un diafragma enorme que se expande y se contrae con la misma tenacidad con la que las gotas caen. Los vientos huracanados que vociferan lo que no queremos escuchar y pasamos por alto para evadir cualquier tipo de responsabilidad.. Tener veinte en un cuerpo de cuarenta, o al revés. Sentir placer por un atardecer y admiración por la naturaleza y sus tiempos perfectos. Ver la plenitud de las rosas en la primavera, los girasoles que se acobachan cuando el sol se va, la satisfacción de las sierras por el manto de nieve en invierno. Los árboles no tienen ansiedad por crecer, respetan los ciclos porque los procesos tienen ese no sé qué. El inminente otoño llega, y aunque algunas partes se deshagan, siguen en pie con la convicción de saber que más adelante llegará una primavera que los hará enaltecerse de nuevo, recuperando la frondosidad, la visita de las aves con más frecuencia y el abrazo de algún humano culposo que contornea sus brazos en su cintura rugosa.
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